España es uno de los países de la Unión Europea con menor número de jóvenes agricultores con 4.660, lo que supone menos del 5,4% sobre el total de agricultores. Un dato que dista de los 11.600 de Alemania, que representan entre el 7% y el 9,4% del total, porcentaje que es similar en Francia con 11.010, y que también se diferencia de Austria con 12.430 jóvenes agricultores, que sobre el total superan el 9,4%, al igual que sucede en Polonia con 26.650, según datos de COAG. Más noticias en la revista gratuita elEconomista Agro

En cada país, los sistemas de incorporación difieren. «Las competencias que se necesitan para cada oficio en la agricultura son complejas porque hay que llevar las cuentas, el cultivo, comercialización, manejo de animales… y se complica más cuando el agricultor tiene cargos en la cooperativa, en el sindicato… Hay que hacer de todo». Una formación que en España en su parte formal se adquiere en la escuela y que en la parte no formal se autoaprende y por la práctica, «que es un buen método, pero que deja lagunas sino hay una base aprendida a través de las escuelas», según explica José Luis Lavilla, director del Centro de Formación y Estudios Agrorurales (CFEA) durante su intervención en el V Foro Nacional de Desarrollo Rural Cómo afrontar los retos de los jóvenes agricultores, que se ha celebrado en la 39 edición de la Feria Internacional de Maquinaria Agrícola (FIMA) en Feria de Zaragoza.

Sin formación certificada

En España, el 85% no tiene una formación formal con certificado. Esto no impide producir ni estar al frente de la explotación, «pero seguramente les costará más la adaptación al futuro y se será menos eficiente que en el caso de los jóvenes con FP, ciclos superiores o universitarios», añade José Luis Lavilla, quien señala que en Holanda este porcentaje se reduce al 30%.

La capacidad profesional habitualmente se acredita con un título de ingeniero en Agronomía o de FP Agrícola, aunque también se puede gestionar una explotación con el Curso de Incorporación a la Empresa Agraria de unas 150 horas. Precisamente, esta última es la opción más elegida e incluye «las exigencias más bajas para que los jóvenes que se incorporan puedan pedir ayudas. En el caso de que no las soliciten, no se exige certificado o diploma. La formación que se lleva es la de aprender del padre o en la explotación o bien del curso de 150 horas», matiza Lavilla.

Y, de nuevo se aprecian diferencias entre España y los países europeos, sobre todo, con los del Centro de Europa, e incluso Francia, que apuestan «por un sistema dual que da mucho juego. En España, se está introduciendo y es importante para que más jóvenes estudien, aunque para hacerlo se necesita la colaboración de las empresas y las explotaciones que tienen que ser partícipes. Está costando convencer de la colaboración».

Sinergias en Alemania

Un ejemplo de estas sinergias es Alemania, donde las empresas agrarias ayudan al subsitema y en el que los agricultores tienen que tener un ‘Meister’ que es una formación de ciclo superior para ser formador de los jóvenes en sus explotaciones. Además, el método alemán presenta la particularidad de que los adultos también pueden recibir la formación continua en las escuelas en las que los jóvenes están haciendo FP.

Por contra, en España se da la situación de que hay pocos estudiantes dentro de la FP, aunque ha aumentado el número de alumnos de toda la familia agraria, sumándose en el curso 2012-2013 un total de 12.900 estudiantes, aunque la mayoría de ellos son de Grado Medio de Jardinería y Forestal, que no es la mejor formación para una explotación agraria. Además, se dificulta el relevo generacional.

La escasez de alumnos en las escuelas agrarias se ha dejado sentir en toda Europa y «se están adaptando con concentraciones de escuelas. En España, hay autonomías que necesitan un mayor esfuerzo en las escuelas agrarias e institutos porque la oferta agraria, además, es pequeña y no se tiene suficiente apoyo de las consejerías. Esto debe cambiar», apunta el director del Centro de Formación y Estudios Agrorurales (CFEA)

En Europa, «la mayoría de las escuelas dependen del Ministerio de Educación, aunque tienen autonomía de gestión. Hay países como Francia, que tienen una mayor oferta de ciclos formativos y todas las escuelas agrarias dependen de Agricultura y no de Educación, incluso la formación superior de agronómicos. Eso da más fuerza a la formación agraria y a los intereses de velar por que estén bien capacitados». Otro buen ejemplo es Austria, que tiene «pequeñas escuelas, pero hay muchas por todo el territorio y toda la formación para otros oficios en el ámbito rural y los centros agrarios tiene mucha relación con las escuelas».

Pese a las diferencias, en Europa hay una tónica general. «La agricultura se plantea de una forma más positiva porque el joven se siente más integrado en el medio agrícola y en el medio rural, huyendo de los estereotipos de sector atrasado y que contamina. Se está intentando hacer en todos los países». Además, en la Unión Europea se va «hacia modelos más transversales, de un ciclo a otro, y formación con cursos para validación y certificación de lo que yo sé», concluye Lavilla.

Formación igual a competitividad

La formación influye en el nivel de competitividad. «Hay una relación indirecta porque por más formación que tengamos no hay más rentabilidad, pero sí ayuda a tener más conocimientos, saber los cambios del entorno, estar al tanto de las reglas del juego, de las relaciones con los distribuidores y consumidores, los nuevos países emergentes… y se es más capaz de adaptar los productos», explica José Portilla, director de Desarrollo Empresarial de Florida Universitària Cooperativa Valenciana, quien añade que, «por la experiencia que tenemos, con independencia de que sean cooperativas o explotaciones individuales, la gente que tiene más preparación da más respuesta a los cambios y está más abierta a los mercados».

Sin embargo, el problema en las cooperativas es la falta de visión estratégica porque el agricultor tiene una visión a corto plazo, que no sólo se da en España sino en otros países como Marruecos o Colombia, pero el «consejo rector debe preocuparse por el largo plazo y para que se mantenga en el tiempo. Es importante que los consejeros se formen en gobernanza y en habilidades como las comunicativas para las asambleas y en la gestión de los conflictos», lo que no suele ser habitual.

La formación es deficitaria

Muchos jóvenes agricultores en España coinciden en señalar que el conocimiento que han adquirido al trabajar en las explotaciones familiares o bien por la relación con los agricultores y ganaderos de la zona es lo más valioso. «En el primer momento no hay problema porque se trabaja en la explotación familiar y la familia apoya y me decía las cosas, pero también es importante tener conocimientos de fertilizantes, nuevas tecnologías, administración y temas jurídicos… porque el sector está continuamente cambiando», señala Toño Romé, joven agricultor de Zuera (Zaragoza), que está al frente de una explotación de herbáceos y que siempre, por su familia, estuvo vinculado al campo a pesar de haber estudiado un Grado de Actividades Físicas y Deportivas.

Romé reconoce que sí hay formación «en general para lo que exige la administración, pero en el caso de áreas como las nuevas tecnologías, nuevas técnicas o nuevos cultivos, por ejemplo, es más complicado», al igual que cuando ya «se ha hecho la incorporación porque nunca hay centros en el medio rural y se necesita una formación que se pueda impartir en el medio rural para formarse durante toda la vida». Una carencia que se suple con «las cooperativas teniendo técnicos agrícolas que aconsejan, con los sindicatos agrarios y con gente preparada para la administración, abogados…», pero que podría cambiar si se crea, por ejemplo, una red de escuelas de idiomas porque «todos los pueblos tienen un centro cultural donde podrían ir los técnicos».

Carolina Fernández, que gestiona la ganadería Casa Gutier y que ha creado la empresa Ingeagraria de consultoría, ingeniería y medio ambiente junto con su marido, ambos ingenieros agrónomos, también ve deficiencias formativas en «la gestión de aplicaciones porque en la práctica son muy profesionales. La explotación exige mucho tiempo para trámites como, por ejemplo, la PAC». La formación inicial que tenían sí reconoce ha sido útil  «en temas burocráticos. Nosotros como ingeniería, tenemos una visión que nos ayuda».

Por su parte, Ángeles Santos, que estudió Administración y Dirección de Empresas, pero su vida siempre ha estado vinculada al medio rural en Fariza (Zamora) con una explotación de ganadería ovina y agricultura ecológica, realizó el Curso de Incorporación Agraria, pero afirma que «es muy básico. Solo con eso es poco, pero yo ya tenía experiencia. Debe haber más formación. Se da por organizaciones agrarias, pero depende de plazos y subvenciones. Además, hay poco apoyo por ser joven agricultor y para vivir en el medio rural».

Aprender fallando

La formación es clave para entrar en nuevos sectores dentro de este ámbito, aunque no es un problema. Es el caso de Mario Cequier, cuya actividad está relacionada con la trufa en Estadilla (Huesca). Sus estudios de Ingeniería de Montes le llevaron a descubrir este sector. «Sin mi formación no hubiera encontrado la trufa, que en Huesca es poco habitual». Cequier reconoce que con «la carrera ha sido suficiente para la trufa y luego todo es a base de experiencia. Me rodeé de gente del sector porque es algo nuevo y no hay muchos manuales. Es aprender a base de fallar y luego irte formando en otros temas como el riego».

Menos problemas en no tener formación reconoce Mireia Vidal, que está al frente de Les Marietes Artdeco, de venta directa de productos ecológicos en el que trabaja con personas con discapacidad e inmigrantes en la Comunidad Valenciana. «No hay más problemas por no tener formación. Te vas equivocando e intentas hacer las cosas de otra manera y buscar sobre la marcha». Mireia Vidal se formó «con los agricultores de la zona y con personas de los mercados, también vía Internet y he hecho algún curso de agricultura ecológica». Señala carencias en el sector porque «es difícil encontrar en una zona un grupo para impartir la formación porque los agricultores ecológicos están más dispersos territorialmente». Además, tal y como se plantean los ciclos «es complicado cursarlo y estar al frente de la explotación».

Solucionando carencias

La formación académica que los jóvenes agricultores han recibido antes de su incorporación al campo también es de ayuda para superar ciertas barreras. Eugenio Fernández, que está al frente de una explotación agrícola y agrocinegética en El Bonillo (Albacete), cursó Ingeniería Técnica Agrícola y masteres en Gestión de Calidad y Riesgos Laborales y, a raíz de las directivas para regular los fitosanitarios y tener que llevar el cuaderno de campo, «lo que nos afectó como explotación», diseñó la aplicación CROPTI «para rellenar el cuaderno de campo y ayudar a los agricultores».

Para Eugenio Fernández, el problema «no es que no haya formación. Los agricultores están formados y son muy innovadores, pero son cautos. Una vez la innovación se ha refutado, son los primeros en apostar por mejorar su negocio». Además, las barreras en la innovación se van superando porque «el smartphone tiene igual de penetración en el medio urbano que en el rural y ya no hay miedo a estar delante del ordenador. Ahora, todo pasa por lo digital».

Tener que realizar el cuaderno de campo, también hizo que Félix Curieses, que se incorporó a la explotación familiar en Palencia tras la jubilación de su padre, aprovechase sus conocimientos en Informática de Gestión para desarrollar en primer lugar una sencilla hoja de Excel «para uso personal», que luego fue evolucionando a una aplicación facilitar ese trabajo a los agricultores. Aunque su formación le ha servido, reconoce que lo más valioso «es la experiencia de mi padre y de los vecinos. Me ha valido el 80%». Y es que uno de los problemas actuales en la formación es que se mezcla a ganaderos, agricultores, apicultores… y «todos los temas no interesan a todos. Deberían hacer cursos más especializados».

Fuente: El economista

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